
Cerca de un parque público, en un pedregal del Tevere romano, aparece el cadáver de una prostituta. Las investigaciones de la policía se centran en el submundo romano de ladronzuelos, proxenetas y otros marginados sociales, lo que después de varias pistas falsas y las consabidas pérdidas de tiempo, lleva a los carabineros a un culpable. Se trata de un disminuido físico, afectado por complejos e inhibiciones, que, una vez encarcelado confiesa que para él no es ningún delito el asesinar a una persona que ya estaba muerta moralmente mucho antes.