Los recovecos de los bosques centroeuropeos son visitados con asiduidad por los domingueros, gente de bien con costumbres poco ecologistas. Tras las matas y el follaje se encuentran con el tesoro oculto que debe tener todo bosque que se precie, y que paradójicamente es el enemigo de cualquier visitante eventual: el ecologista. Como nuestros amigos no se han portado nada bien con las criaturas oriundas, recibirán por parte de estos amantes de la naturaleza el castigo que se merecen.